sábado, 6 de junio de 2026

AL SUR DEL INVERNADERO de Elena Torres



 La poesía de Elena Torres nos  envuelve con la cadencia de sus palabras y el enigma de sus propuestas. Invita siempre a viajar al terreno de los sentidos porque vivir es "desde un rincón de orquídeas/ salir a la intemperie/ de lo que existe / a los viveros de los sentidos”. Su último poemario Al sur del invernadero nos lleva por la senda de la luz desde el azahar hasta el azul de un cielo de imprevistos. Al margen quedan el tedio y la monotonía porque en el universo humano hay  muchos girasoles como esos ”Pensamientos que van de la luz a lo oscuro”.

Leer a Elena  supone aprender algo nuevo, ¿qué son los “Girasombras”? o quién semeja lo que no es. Para mi, personalmente, son llamadas de atención, algo conocido que no supe nombrar hasta deslizarme por sus versos: “El desencanto/ es el precio a pagar/ por ser espía del pasado”, tan cierto como que cada uno lleva su historia pegada a los zapatos, lo inevitable nos persigue con buenas intenciones “El miedo es un regalo/ envuelto con papel de seda” (este verso me recuerda a mi madre que sin ser poeta a veces me sorprendía con sus respuestas).

Y así, entre nostalgia y ternura avanzo en el camino por este invernadero donde la memoria infantil todavía nos regala gotas de felicidad. Luego vendrán los misterios por desentrañar, la exuberante floración de la juventud “Un escenario donde al fin perderse” o la madurez consciente “Qué ardor que no se sacia/ hemos quemado/ en la fugaz/ hoguera de las horas”. Todo transcurre como si nada sucediera, así los años se deslizan sin avisar en un “Murmullo de cipreses en una encrucijada.

 En el jardín de invierno  se cultiva la elegancia de Eufrosina cuyas ramas germinan tras varias generaciones de exquisita belleza, yo la veo a través de los ojos de Elena cuando la recuerda “Y su alma parecía reavivar/ el brillo de un bolero/ en una eternidad de acacias”, porque la música habla todos los idiomas, incluso el del olvido.

También hay un lado del paseo donde guardar a los amigos ausentes “ en el umbral de siempre” en esa memoria fecunda que los mantiene vivos. Resulta duro el invierno solo en el invernadero “Diáfano refugio. / Distante templo contra la intemperie” se resiste a la flecha del tiempo y sus heridas.

El interior que habito, desata una tormenta de aromas que domina el ambiente y se hace carne “Y la piel, que florece/ por caminos de salvia, /nos concede el deseo/ de ser tierra mojada”. Es entonces cuando incluso lo no vivido se une a la experiencia de lo que fuimos y lo que somos” Y contemplar, /más allá del jardín, / en el espacio/ de lo incumplido,/ esta realidad/ de palabras que habito”. Y aquí  el sosiego nos hace eternos.

Tiempo a la intemperie colecciona las impresiones  tras recorrer  este vergel protegido del tiempo y sus engaños. Basta “mirar al sur/ con futura nostalgia/ para vivir/ en el invernadero/ sin salir del asombro.

De este libro se puede aprender, añorar, vivir... embriagarse hasta cometer la osadía de jugar con  el índice:

“En el azogue de los días

las verdades son velas

detrás del humo.”

 

Regresa  aquel sonido,

la mentira es un péndulo

a pesar de su frágil apariencia”

 

“Otra vez el fulgor nocturno

en la frontera del enigma,

qué ardor que no se sacia”.

 

¿Y qué es mi poe-vida sino jugar con palabras prestadas?

Gracias Elena Torres.